Desde la muerte de nuestro querido perro Pichicho en el año 1987 es que como familia decidimos nunca más volver a tener mascotas, porque el dolor fue inmenso. Recuerdo que ese día estaba en el cumpleaños de nuestro amigo de infancia Chevy (Esteban Contreras), cuando una persona comentó que habían atropellado a nuestro perro. No creí, pero cuando llegué a la casa mis papás lo confesaron. La única imagen que tengo en la mente es la que surge producto de la recreación que hizo mi mamá del momento en que llevaron a Pichicho a la casa, el que cerró los ojos sólo una vez que estaba con su familia putativa, nosotros...
En ese momento bloqueamos los afectos hacia las mascotas de manera colectiva. Nadie lo impuso ni lo propuso, sólo lo hicimos... Desde ahí nunca más me volvieron a gustar los perros ni los gatos. Un “qué bonito” era lo más emotivo que podía surgir de mi parte hacia ellos.
La vida nos pone constantes pruebas de tolerancia y, una de ellas, fue el año pasado cuando conocí a una persona, ahora gran amigo, cuya familia estaba conformada por él y tres perros. De entrada me dijo que los perros eran su familia y, por ende, si quería estar ahí los perros debían ser considerados y tratados como un miembro más de la casa. Mi relación con “Pablo”, “chiqui” y “negra” fue respetuosa, parca y de mucha observación. Esto duró hasta que la “chiqui” (a quien le denominé blanca, nombre al que respondía porque está un poco sorda) dejó de seguir mis movimientos dentro de la casa, signo de que ya me había ganado parte de su confianza. Ése fue un gran paso en mi vida, el que ahora reconozco públicamente: había logrado derribar mi barrera de infancia con los animales. Desde ahí Pablo me hizo gracias, la negra me permitía que le hiciera cariño y la chiqui se me acercaba -de vez en cuando-, esto es comprensible, ya siempre dejó en claro que ella era la reina de la casa y yo sólo estaba de paso.
La historia de Polo, el gato-pollo
Bueno, qué tiene que ver esto con el terremoto. Todo!!! La semana siguiente al terremoto llegué a Peralillo y vi que un gato se paseaba con mucha propiedad por el patio y que ni mi papá ni mi mamá lo corrían como solía pasar. Esto me sorprendió muchísimo, ya que el acercamiento a los animales-mascotas había sido sólo mío, no de la familia. Le pregunté a mi papá la procedencia del gato y dijo que no le iba a creer, pero que días antes había ido a alimentar a los pollos y lo encontró durmiendo con ellos. Lo sacó del gallinero, pero el gato siguió dando vueltas por el sector y comía de la comida de los pollos.
Mi papá con su corazón de San Francisco de Asís no lo pudo dejar ahí y buscó leche a escondidas de mi mamá, quién sigue estando en contra de las mascotas en la casa. El gato, sin nombre aún, no tenía más de un mes, estaba muy flaco, su pelo color miel tenía un desorden increíble. El pobre animal no tenía ni fuerzas para limpiar su cuerpo. Sus ojos imploraban cariños y su estado debilitado comida.
Me senté en el patio y miré por largo rato a ese pobre gato, quien también era una víctima del terremoto. Lo más probable es que ese día haya salido arrancando de su casa y después no pudo regresar, por lo pequeño y débil que estaba. Llegó al gallinero en busca de calor, el mismo que buscan tantas personas. Ya no lo podíamos abandonar, llegó a nosotros en busca de algo, lo que hasta ese momento no sabía qué, pero sí sabía que había que descubrirlo...
Esa tarde fuimos al almacén que está cerca de la casa y compramos alimento para gatos y leche. Ese sobreviviente del terremoto, se merecía eso y mucho más, por el gran esfuerzo que había hecho...
A la semana siguiente regresé a Peralillo y el gato seguía en casa. Ya más “repuestito” (como dicen en el sur), con unos gramos de más y fuerzas para perseguir a las gallinas, jugar con lo que pilla en su camino y mirar por largos minutos a los vichos que pasan a su alrededor.
Ayer, le pregunté a mi papá si lo había nombrado y dijo que no, que estaba esperando a que lo hiciéramos juntos. Fue un gran ejercicio, surgieron varios nombres, pero terminamos por usar la lógica. El primer factor fue que el gato tenía cara de pollo entumido y lo segundo es que durmió su primera noche con los pollos y comía de su alimento. Si lo ven es como ver a un pollito, pero sería raro llamar a un gato “pollo”, así que quedó como Polo o Polito, que es el enmascarado de Pollito.
Por qué llegó Polo a nuestra casa?, es simple, por subsistencia. Pero por qué llegó Polo a nuestras vidas?, para hacernos recuperar ese sentimiento que teníamos bloqueado y que debemos recuperar. Hasta al más desnaturalizado del mundo le darían ganas de hacerle cariño cuando mira con esos ojitos color miel, cuando se acerca y comienza a pedirte que le sobes el lomo, o cuando te pide que juegues con él.
Ayer, escribía sentada en el patio cuando se acerca, se sube a mi lado y me toma la mano. Nunca me había pasado algo así. Había ocultado sus garras, sólo tenía sus patas con fundas de algodón. Entonces, ¿si él había ocultado sus garras, por qué tenía yo que sacar las mías?. Dejé mi cuaderno a un lado y jugamos por un rato con el lápiz. En cinco minutos se aburrió, dejó el lápiz y buscó el sol para dormir. En cinco minutos él se entretuvo y yo descubrí que después del terremoto no sólo recuperé a mi ángel de la guarda, sino que también parte de mis afectos...
Hoy no sabemos mucho de gatos, así que aceptamos consejos. Ahora, si quieren cooperar con alimento y cama, Polo se los agradecerá...



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